Cada 9 de Julio los argentinos recordamos la declaración de la Independencia de 1816 como el nacimiento político de una nación. En la Casa Histórica de Tucumán, los representantes de las Provincias Unidas rompieron definitivamente el vínculo con la Corona española y asumieron el desafío de construir un país soberano.
Sin embargo, aquel día fue también el comienzo de una historia que, con el paso de las décadas, terminaría entrelazándose profundamente con Italia.
Puede parecer una relación lejana. Después de todo, en 1816 Italia ni siquiera existía como un Estado unificado. La península estaba dividida en distintos reinos, ducados y territorios bajo diversas influencias extranjeras. Recién en la segunda mitad del siglo XIX culminaría el proceso del Risorgimento, que daría origen al Reino de Italia.
Mientras ambos países buscaban construir su identidad nacional, el destino terminaría acercándolos de una manera inesperada.
Una nación en construcción
La Independencia argentina abrió un largo proceso político, institucional y económico. El país que nació en Tucumán todavía debía definir su organización, sus fronteras y su modelo de desarrollo.
Décadas después, la Constitución de 1853 marcaría un punto de inflexión al impulsar la inmigración europea como una herramienta para poblar el territorio, desarrollar la producción y consolidar las instituciones de la joven República.
Fue en ese contexto cuando comenzaron a llegar miles de familias italianas que escapaban de la pobreza, de las guerras y de las dificultades económicas que atravesaban distintas regiones de la península.
Entre fines del siglo XIX y comienzos del XX ese movimiento migratorio alcanzó una magnitud extraordinaria. Millones de italianos cruzaron el Atlántico y encontraron en la Argentina una oportunidad para empezar de nuevo.
Aquellos inmigrantes llegaron a un país ‘sin terminar’. Un país que todavía se estaba haciendo. Y esa diferencia resulta fundamental para comprender el vínculo entre ambas naciones. Los italianos además de adaptarse a la Argentina: también ayudaron a construirla.
El encuentro entre dos historias
Las huellas italianas pueden encontrarse prácticamente en todos los rincones del país. Están en las colonias agrícolas que transformaron extensas regiones productivas; en los viñedos, los talleres, los puertos y los comercios; en los edificios públicos, las iglesias y los teatros diseñados por arquitectos italianos; y en las pequeñas empresas familiares que con el tiempo dieron origen a industrias de enorme importancia.
También están presentes en la vida cotidiana. En la mesa, donde las pastas, la pizza o el helado dejaron de ser costumbres extranjeras para convertirse en parte de la identidad argentina. En el lenguaje, donde decenas de palabras heredadas de los dialectos italianos pasaron al lunfardo y luego al habla popular. En los gestos, en la manera de reunirse alrededor de una comida, en el valor otorgado a la familia y al trabajo.
La historia compartida también puede recorrerse a través del turismo y el patrimonio cultural. Desde las colonias agrícolas de Santa Fe y Entre Ríos hasta los barrios históricos de Buenos Aires, La Plata, Rosario o Córdoba, pasando por las bodegas cuyanas y las asociaciones italianas que aún mantienen vivas sus tradiciones, existen innumerables lugares donde la memoria de la inmigración sigue presente. Cada edificio, cada plaza, cada sociedad italiana y cada fiesta regional cuentan una parte de ese encuentro entre dos pueblos.
Una herencia compartida
La influencia italiana traspasó a la generación de inmigrantes. Sus hijos y nietos participaron activamente en la construcción de la Argentina moderna e independiente, como trabajadores, docentes, científicos, artistas, empresarios, profesionales y dirigentes políticos.
La cultura nacional también se enriqueció con ese aporte. La música, el teatro, la literatura, la arquitectura y hasta el deporte fueron moldeándose con la participación de millones de argentinos de origen italiano. Hoy resulta difícil imaginar la identidad del país sin esa herencia compartida.
Paradójicamente, todo ese proceso tiene su punto de partida en una fecha que, a simple vista, parece no tener relación con Italia. Sin la decisión tomada el 9 de Julio de 1816, la Argentina difícilmente habría podido desarrollar el proyecto institucional que, décadas más tarde, recibiría a una de las corrientes migratorias más importantes de la historia contemporánea.
Un legado que sigue vivo
Por eso, recordar la Independencia también es recordar que las naciones no se construyen en un solo día. Las declaraciones fundacionales son apenas el inicio de un camino que luego se completa con el trabajo, el esfuerzo y los sueños de millones de personas.
La Argentina independiente encontró en Italia mucho más que un país de origen para sus inmigrantes. Encontró una comunidad que ayudó a poblar el territorio, impulsar la producción, enriquecer la cultura y dar forma a una identidad diversa que todavía hoy define a buena parte de la sociedad argentina.
Doscientos diez años después de aquel Congreso de Tucumán, el vínculo entre ambos países sigue expresándose en los lazos familiares, en los intercambios culturales, en el turismo, en la producción y en una memoria compartida que atraviesa generaciones.
Por eso, celebrar el 9 de Julio también es reconocer que la libertad conquistada en 1816 hizo posible una Argentina abierta al mundo, capaz de integrar nuevas culturas sin perder su esencia y de convertir la diversidad en una de sus mayores fortalezas.