En los stands de cocina en vivo del Festival de la Gastronomía Italiana de La Plata o Tucumán , entre el aroma de las salsas y el movimiento de las degustaciones, hay un nombre que se repite entre los descendientes de puglieses: Pastas Divella.
Su llegada a la Argentina tiene menos que ver con una estrategia comercial aislada y más con años de trabajo conjunto entre la Asociación Pugliese de La Plata y la Agencia de Coordinación Territorial Italia Argentina (ACTIA), que impulsa el Corredor Productivo Turístico Cultural Italia Argentina.
Ese trabajo fue tejiendo, con el tiempo, un puente entre inmigración, memoria y mesa.

Un molino en Rutigliano, cinco generaciones después
En 1890, en el pueblo de Rutigliano, en el corazón de Puglia, Francesco Divella fundó el molino que hoy conduce la quinta generación de su familia.
Desde el inicio, la empresa sostuvo un criterio que la distingue de la producción industrial genérica: el control directo sobre la sémola, elaborada con trigo duro cultivado bajo el clima mediterráneo de la región. Ese trigo retiene mejor el almidón durante la cocción, la base técnica detrás del punto al dente que los italianos defienden casi como una cuestión de identidad.
Un lugar nuevo en las góndolas argentinas
El mercado argentino estuvo dominado durante décadas por marcas locales de trigo pan blando. Los cambios en los hábitos de consumo y la búsqueda de productos con historia y trazabilidad abrieron, en los últimos años, un espacio para las pastas importadas.
A través de canales de importación especializados, Divella se instaló en fiambrerías de barrio, almacenes boutique y algunas cadenas de supermercados, compitiendo más por el argumento de la autenticidad que por el precio.

La Plata, punto de encuentro
Ese proceso comercial encontró en La Plata un terreno particular. La Asociación Pugliese y el Corredor Productivo convirtieron a la marca en protagonista de eventos como el Festival de la Gastronomía Italiana, donde la pasta deja de ser un paquete de góndola y pasa a los stands de cocina en vivo y las degustaciones abiertas al público.
Para las familias con raíces italianas y particularmente puglieses, el gesto tiene un peso que excede lo comercial: es una forma de reencontrarse con sabores de origen a través de instituciones que ellas mismas sostienen. Para el resto del público argentino, es una manera de acceder a un producto con respaldo directo de sus lugares de procedencia, sin intermediarios de marketing.
Un plato con historia detrás
La experiencia de Divella en la región muestra algo que excede a una marca puntual. Cuando el asociacionismo, la identidad y plataformas de cooperación como el Corredor Productivo se cruzan con la importación de alimentos, un producto de góndola termina contando una historia más larga: la de comunidades que sostienen sus lazos con el territorio de origen, generación tras generación.

Es la lectura que el propio Director del Corredor Productivo, Nicolás Moretti, remarcó al respecto en cada iniciativa que impulsa: «Más allá del acuerdo comercial o de la vidriera gastronómica de turno, lo que está en juego es el puente que une territorios, comunidades y generaciones separadas por un océano pero atadas por la misma historia. Divella, en ese sentido, es la forma más reciente que toma un vínculo que el Corredor viene sosteniendo desde mucho antes de que cualquier producto llegara a una góndola«.